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Caso

Entré al software sin saber programar

César Segura Medina5 min de lecturaPrimer empleo en tecnología · Desarrollo de software · Gestión empresarial · Agentes de IA · Nexus Junior

César, al centro, sostiene el reconocimiento «Ascenso a Nexus Junior» junto a dos integrantes del equipo
Incorporación oficial al equipo · Nexus Junior · mayo 2026

Unas semanas antes había sido quien destacó en el hackatón; ahora era el que menos entendía en la mesa.

Cuando entré a una empresa de desarrollo de software no sabía programar un sistema ni entendía cómo se compone uno. Lo que sí tenía era una carrera en gestión empresarial casi terminada y la costumbre de pensar en números. Con eso, y con un pitch, empezó mi primera experiencia en el desarrollo.

Todo empezó en una visita guiada

Fue en una visita guiada donde presentaban una startup. Al terminar la junta anunciaron que tenían vacantes, y me inscribí. Estudiaba Ingeniería en Gestión Empresarial en el Tec de Toluca, ya en semestres avanzados, y aunque no sabía construir software, sí sabía algo que en ese momento pesó más: cómo piensa un empresario cuando escucha una propuesta.

Nos citaron a una entrevista tipo hackatón. Había que tomar la problemática de una empresa y venderle una solución. Yo tenía claro algo que la carrera me había enseñado: a un empresario no le vendes tecnología, le vendes la solución a su problema y la certeza de que va a funcionar. Así que no me puse a convencer a toda costa. Hablé de tiempos reales, sostuve el precio sin rebajarlo y, en lugar de ofrecer descuentos, ofrecí garantías con base en la normativa mexicana. Si el producto resolvía el problema, tenía valor, y no había nada que regatear. Creo que eso fue lo que llamó la atención.

Después vinieron tres semanas de prueba. Al final fui el único que se quedó, y el 4 de mayo de 2026 me incorporé oficialmente con el nombramiento de Nexus Junior, el primer peldaño de su estructura: un espacio para formar gente joven en habilidades de desarrollo.

Hasta ahí me sentía en terreno conocido. Hablar, negociar, defender un precio: eso lo sabía hacer. Lo que venía después, no.

La primera vez entre programadores

Me presentaron a mi equipo y a quienes iban a acompañarme como coaches, y casi de inmediato me integraron a los desarrollos que estaban activos. Ahí me di cuenta de lo lejos que estaba. Me había certificado en Scrum y en desarrollo agéntico, así que conocía el método y algunas palabras, pero no entendía cómo se compone un sistema. Absolutamente nada. Escuchaba a los programadores conectar piezas que para mí estaban sueltas.

El cambio fue brusco. Unas semanas antes había sido quien destacó en el hackatón; ahora era el que menos entendía en la mesa. Y eso te obliga a preguntarte de dónde viene tu seguridad.

¿Cómo sumo valor si no sé programar?

Esa era la pregunta que más me pesaba, y no era técnica.

Lo que me sostenía era una lectura que traía de mi experiencia en la bolsa: estas tecnologías iban al alza y en México su adopción todavía era baja. Sabía que estaba en el lugar correcto. Lo que no sabía era cómo encajar.

La respuesta fue llegando poco a poco. En un chatbot de voz a voz integrado a una página web me tocó investigar: validar si la idea tenía sentido, revisar qué tecnologías similares existían y comprobar si de verdad había una necesidad. En un ERP mi participación fue más modesta; aportaba mi opinión en las juntas. Y en Recursos Humanos encontré mi propio terreno. Diseñé una metodología de comunicación desacoplada de áreas, en la que cada miembro podía moverse entre ventas, RH y calidad para que todos entendieran lo que pasaba en la organización. Con un equipo pequeño, funcionaba.

Con el tiempo entendí que mi ventaja seguía siendo la misma que en el hackatón: saber qué le importa a quien paga. Solo había cambiado el lugar donde aplicarla. Mi aporte no estaba en el código, sino en investigar antes de construir, en ordenar áreas y en preguntar si algo vale lo que cuesta. La incertidumbre no desapareció, pero aprendí a trabajar con ella.

Un equipo que confió antes de que pudiera demostrarlo

Nada de eso habría pasado sin un equipo que apostó por mi potencial cuando yo todavía no tenía cómo demostrarlo.

Karloz Vázquez, que había sido mi profesor en la universidad, fue quien más se involucró en mi formación. Siempre fue directo conmigo y nunca se limitó a la tecnología: compartía reflexiones filosóficas y humanas, y era abierto con lo que sentía, tanto en el enojo como en el éxtasis. Era un excelente comunicador y negociador, y dedicaba parte de su tiempo a convivir con el equipo, algo que en una empresa con prisa suele ser lo primero que se recorta.

Juan Carlos Izquierdo, en cambio, era el impulso hacia lo nuevo. Siempre llegaba con otra idea, otra innovación, y eso nos mantenía actualizados y con vida.

Karloz con su cercanía y Juan Carlos con su impulso: cada uno cubrió algo que yo no tenía. Vieron algo en un perfil que no encajaba en la descripción tradicional de un junior de desarrollo, y esa confianza pesó más que cualquier certificación.

Lo que me llevo de Nexus

El 24 de julio de 2026 me incorporé a otros proyectos, y de Nexus me llevo tres lecturas. La primera es que la intención y las ganas mueven e inspiran; en un equipo pequeño se nota muy rápido quién empuja y quién espera. La segunda es que apuntar a las estrellas tiene un costo: tal vez por apuntar tan alto no pudimos afianzarnos, y una visión necesita algo que la sostenga mientras llega. La tercera es que mantenerse genuino es lo que hace que una idea dure, porque las que se sostienen son las que siguen siendo fieles a quien las impulsa.

Entré por un pitch, sin saber cómo se compone un sistema, y salí sabiendo que también se puede sumar desde otro giro cuando alguien te da espacio para aprender. Ahí empezó lo que hoy hago: llevar la IA del entusiasmo al retorno de inversión.